Algunos esperaron 5 horas; otros, más. Calle 13 no llegaba. Lima protestaba. “Abusivos” gritaban frente a un escenario vacío. “Respeto”, le reclamaban al trono de un rey ausente. Finalmente, cuando las rodillas de una Lima exhausta estaban a punto de pedir “chepi”, René Pérez apareció por fin. Eran las 2:45 a.m.

La Sarita había calentado el ambiente a partir de las 9:45. Fueron eficaces. Con una batería que incluyó sus mejores temas, mucho “power” chicha y hasta danzantes de tijeras, el grupo comandado por Julio Pérez puso a las 20,000 personas que se aglutinaban en el estadio de San Marcos a arder. Pero ni siquiera las fogatas más poderosas son capaces de aguantar horas a la intemperie sin que se les alimente. Así Lima se fue apagando.

Se demoraron más de una hora en dejar los instrumentos listos para sonar. Las botellas aterrizaban punzantes en el escenario. Luego, por un segundo se hizo el silencio. René Pérez salió dispuesto a matar, el problema es que probablemente muchos querían hacer lo propio con él.

“El Baile de los pobres” le cantó para empezar. Pero la cuestión no sería tan fácil. Una llave, según acusó después, se estrelló contra su cara. Paró la música, molesto.

“Párenme esa música cabrona. Aquí nosotros no hemos dormido en 3 cabrones días. Para que se vayan enterando; yo no soy Luis Miguel, ni soy Shakira ni he estado en ningún cabrón jacuzzi agarrándome las bolas (…)Yo he ido a Venezuela para decirles a esos presidentes por qué Puerto Rico no es parte de esta cumbre. Por eso fui a Venezuela para decirle a todos los presidentes que viva Puerto Rico Libre, que no queremos ser colonia(…) Le doy las gracias a quienes quisieron estar (…) Los que se quieran ir que se vayan al carajo”, espetó el hombre al cual el mal tiempo retuvo por horas en Venezuela.

Las esperadas disculpas jamás llegaron, la explicación de por qué programó un concierto el mismo día en el que tenía que presentarse en el país gobernado por Chávez nunca se escucharon. ¿René Pérez trataría de reivindicarse de otra manera?

EXPLOSIÓN DE ADRENALINA

Algunos se doblegaron con solo verlo, sin embargo con otros la tendría más difícil. “No hay nadie como tú”, “Vamo’ a portarnos mal” y “Un beso de desayuno”, le cantó casi sin parar. Algunos ya se movían extasiados, otros lo miraban desafiantes. ¿Sería capáz de voltear la tortilla y meterse al público al bolsillo?

Hay que aceptarlo, René Pérez se trepó al toro sin miedo y lo montó a pelo. No le habló palabras bonitas, en cambio optó por ensartarle una estocada directo al corazón, ese que hacía que nos olvidáramos del cansancio, ese que obligaba a los pies a moverse sin tregua.

“Se vale todo”, “El hormiguero”, “La bala”, “Pal Norte” y “Ojalai” le cantó para demostrarle que había llegado para destruir, para hacer olvidar el mal rato (o por lo menos tratar). Mientras tanto Ileana Cabra mostraba, como siempre, su increíble voz.

LA HORA DE LA VERDAD

No me interesa que nos perdonen. Me interesa que demuestren que están vivos”, espetó. Lima seguía dubitativa. “Tango del pecado”, le dijo y “Atrévete” le regaló para cerrar el primer tramo de su performance.

Quería forzar a la hinchada al máximo. Hacer que lo adoren. La hizo esperar un rato más antes de salir. Deseaba que solo los fanáticos quedaran en pie. Algunos se fueron, la mayoría se quedó para ver qué más tenía que ofrecer.

“Aquí acaba la fiesta para quienes se quieran ir. Para los que se quieren quedar habrá otra fiesta”, anunció Pérez, el irreverente, el que hace pocas semanas le arrancó 9 Grammy Latinos al corazón de la industria. Pidió que no se olviden a los desaparecidos, que apoyen la lucha estudiantil en Chile.

Luego sacó el arsenal. La gente bailaba, parecía haber perdonado, pero seguramente no olvidado, tal y como reza la genial “Latinoamérica”, himno que por primera vez en nuestro país la agrupación no interpretó junto a la ministra de Cultura Susana Baca, quien, según estaba previsto, haría lo propio en el concierto.

“Calma Pueblo” y “Muerte en Hawái”, entonó bajo el cielo que amenazaba con ceder, con retirarse sacándole la lengua a los cansadísimos asistentes, esos que se movían por inercia y aquellos que habían sacado fuerzas de quién sabe dónde. Finalmente la hizo saltar al ritmo de un repetitivo “He, he, he”. Lima le hizo caso. Vibró.

“Si no se hubiera demorado tanto, este sería de lejos su mejor concierto”, me dice Andrea. Probablemente tenga razón. René Pérez, el directo, el explosivo, el que no pidió disculpas en la tarima que por más de 5 horas dejó vacía había cumplido, dio lo que tenía. Tómenlo o déjenlo.

Nos mostró sus armas, su cántico embriagador. La pregunta es: ¿crees que valió la pena haberlo esperado por 5 horas? ¿Calle 13 logró reivindicarse?¿Valió la pena esperar a Calle 13 por más de 5 horas?

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Huachoenlinea

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